Esta esfera se presenta dividida en doce volúmenes iguales: doce fragmentos, uno por cada mes del año. Las secciones, dispuestas como discos paralelos al plano del ecuador, alternan entre materia y vacío.
Aunque cada mes tiene la misma medida en volumen , su forma varía: los meses cercanos al ecuador son amplios y delgados; los que se aproximan a los polos, más estrechos pero de mayor grosor. Entre ellos, algunos meses se representan mediante espacios vacíos —también equivalentes en volumen—, que invitan al ojo a completar mentalmente el fragmento ausente. El tiempo se reconstruye así como una imagen invisible entre los planos.
El tiempo medido es absoluto, exacto, continuo. Pero el tiempo vivido es otra cosa: se dilata o se contrae según el estado de ánimo, la memoria o el contexto. Esta escultura encarna esa dualidad: lo que el tiempo es, y lo que parece ser desde la experiencia personal. Una entidad voluble, cambiante, moldeada por la percepción.
Aquí, la geometría no solo organiza el espacio. También revela la dimensión más humana del tiempo: su subjetividad, su forma invisible, su peso emocional.